“Basta, no quiero comer más carne”, “Ma, no sabía que las vacas, pollitos y cerdos podían sentir igual que yo”, “Papi, no voy a tomar más leche de vaca, no quiero sentirme culpable de que alejen a los bebés de sus mamás para vender su leche en el super”. Estas son algunas de las tantas frases que diferentes familias escucharon estupefactas, sin saber cómo responder.
Cada día más niñas, niños y adolescentes llegan con este tipo de inquietudes a sus casas y toman la decisión de cambiar su tipo de alimentación. En el caso de adolescentes con acceso a Internet, además de la empatía con los animales de otras especies, suele agregarse la motivación del cuidado del medio ambiente.
Según un estudio confeccionado por ONU Medio Ambiente, el consumo de carne es una de las formas más destructivas en las que dejamos nuestra huella en el planeta. “Si las vacas formaran un país, sería el tercero en emisiones de gases de efecto invernadero. Producir una hamburguesa drena alrededor de 1695 litros de agua. Además de aumentar los gases contaminantes que influyen en el cambio climático, la cría de vacas contribuye a la deforestación y al desplazamiento de comunidades rurales e indígenas”.
La Unión Vegana Argentina reveló que en 2020 había un 12% de personas que elegían una alimentación vegana o vegetariana en nuestro país, 3 puntos más que el año previo, y 12% de población flexitariana, que son quienes prefieren no comer carne animal, pero tienden a tener cierta flexibilidad con el tema.
Se trata de una realidad que poco a poco va tiñendo las costumbres en las mesas y hogares de todo el país y también del mundo. Las preguntas en los consultorios pediátricos crecen día a día en relación a cómo manejar esta temática.
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