
Coronavirus: testean un método usado en Junín para el mal de los rastrojos
En Estados Unidos se aprobó el uso de plasma de personas convalecientes, una técnica implementada por profesionales locales a finales de los años 50, cuando se expandió la epidemia de fiebre hemorrágica argentina en nuestra región.
Sin cura, ni vacunas, ni tratamientos comprobadamente efectivos, hay varios procedimientos que se están analizando en distintas partes del mundo en busca de una solución a la pandemia del Covid 19. Una receta en base a la cloroquina en Francia, un fármaco elaborado con anticuerpos en China, ensayos clínicos con cuatro medicamentos en México, son algunas de las alternativas que estudian los científicos.
En Estados Unidos, en tanto, se está investigando un método que ya fue utilizado hace cincuenta años en la epidemia del mal de los rastrojos –también conocido como “virus Junín”– que se expandió por esta región. Se trata del uso de plasma de personas convalecientes, una técnica que la semana pasada fue aprobada por la FDA (según las siglas en inglés), que es la agencia del gobierno norteamericano responsable de la regulación de alimentos, medicamentos, cosméticos, aparatos médicos, productos biológicos y derivados sanguíneos.
Como quedó dicho, esta metodología ya había sido implementada por profesionales locales a finales de los años 50, cuando se dio la epidemia de fiebre hemorrágica argentina más grave hasta ese momento, en un brote que abarcó los partidos de Alberti, Bragado, Chacabuco, General Viamonte, Junín, Nueve de Julio y Rojas, comprendiendo una superficie total de 16 mil kilómetros cuadrados y una población de más de 260 mil habitantes con un alto índice de mortalidad.
Casi sesenta años más tarde, se está analizando si aquel método desarrollado en nuestra ciudad que ayudó a superar la crisis sanitaria por el mal de los rastrojos puede ser la llave para abordar la actual pandemia del coronavirus.
Un poco de historia
La historiadora Graciela Agnese, que se doctoró con una tesis que tituló “Historia de la Fiebre Hemorrágica Argentina. Imaginario y espacio rural (1963-1990)”, explicó tiempo atrás en una entrevista con Democracia que los primeros registros oficiales de la fiebre hemorrágica argentina en esta región se consignaron en los primeros años de la década del 50. Esta enfermedad era conocida popularmente como mal de los rastrojos porque, justamente, en el rastrojo del maíz se encontraban los nidos de las lauchas que la transmiten.
En aquel entonces, ante la reiteración de los brotes epidémicos, los médicos, enfermeras y farmacéuticos atendían y dejaban constancia de historias clínicas que, posteriormente, resultaron fundamentales en el trabajo de los investigadores.
Durante la epidemia del ‘58, los pacientes comenzaron a ser derivados a Junín, por contar con un hospital regional. Y fue en ese entonces cuando se habilitó en el nosocomio una sala especial destinada a la investigación y tratamiento, donde se desempeñaron, bajo la dirección del Dr. Héctor A. Ruggiero, el ginecólogo Alberto Cintora, el médico clínico Clemente Magnoni, el traumatólogo Fernando Pérez Izquierdo y el bioquímico Héctor Antonio Milani.
Ese grupo comenzó a ensayar un tratamiento con suero de convalecientes, que usaron en forma similar a la que se prescribía en otras enfermedades infecciosas, observando que los enfermos mejoraban notablemente. Y concluyeron en que la transfusión de plasma de convalecientes podía ser aun de mejores resultados.
“El que tuvo la idea fue el doctor Magnoni”, le explica hoy a Democracia el bioquímico Carlos Milani, hijo de quien formara parte de aquel equipo de investigación: “Se le ocurrió esta técnica a partir de lo que sabía de una fiebre de África, que tenía una mortalidad muy alta, semejante al ébola, que también fue muy localizada –como la fiebre hemorrágica– en la que se había tenido éxito al dar sangre de una monja que se había salvado”.
Así, en 1959, el Centro de Investigación y Tratamiento de Junín comenzó a utilizar en forma empírica plasma inmune, que hoy es tratamiento específico para la virosis.
En esos años, el doctor Alberto Zubieta era el médico de la localidad de Leandro N. Alem, donde se dieron muchos casos. “No había un tratamiento preciso para eso –recuerda hoy– y este grupo logró este avance que consistía en que, una persona que había tenido el mal de los rastrojos, por lógica, se presumía empíricamente que tendría defensas que le habían permitido curarse, por eso se le sacaba sangre para obtener el plasma para dárselo, dosificado, a los enfermos”.
Zubieta asegura que en ese proceso “contribuyó mucho un descubrimiento del doctor Milani, que era un tipo de célula que aparecía en un determinado día de la enfermedad, y la sagacidad y la experiencia de este bioquímico lo hizo verla en estos pacientes, y eso fue muy importante porque, cuando se estableció que esa célula se manifestaba de la misma forma y en determinado día, se convirtió en un hecho incontrastable de que estaba presente la enfermedad”. Al día de hoy se conoce a estas células en la literatura médica como las Células de Milani, que permitieron, entre otras cosas, iniciar más precozmente los tratamientos.
Con todo, Zubieta considera que la técnica con plasma de convaleciente “en aquel momento fue un avance trascendental”.
Entonces, el método fue difundido por los miembros del equipo en toda la zona afectada, en mesas redondas, conferencias, jornadas y congresos.
“Ese grupo se desempañaba en el hospital y por eso se hizo todo ad honorem –remarca Milani–, no se cobró un peso por ese trabajo, solamente percibían su sueldo, por supuesto, pero no les armaron ningún instituto. Yo vi cómo daban sangre brazo a brazo, es decir, convocaban a alguien sano, le sacaban sangre y se la iban poniendo al otro”.
Los resultados
Hay estudios que estiman que esta técnica permitió disminuir de un 30% a un 3% la mortalidad del mal de los rastrojos.
“No tengo los números de esa época, pero a ojo de médico puedo decir que debe haber sido así, y no solo con la mortalidad, sino también con las comorbilidades”, analiza Zubieta.
Sobre este tema, la doctora Agnese recordaba que la prevención y el hallazgo del tratamiento específico permitieron salvar muchas vidas y ya en 1959 el índice de letalidad del 20% había bajado a poco más del 6%.
En el mismo sentido, Milani considera que “cuando se empezó a utilizar plasma de convaleciente, la mortandad se redujo a una mínima expresión”. Y grafica: “Tanto es así que la misma gente que entraba por ese problema lo pedía. ‘Vos poneme la plasma que me va a hacer bien’, decían”.
Pruebas en coronavirus
El infectólogo Omar Sued, miembro del grupo de expertos que asesora al Gobierno nacional en medidas a tomar frente a la pandemia del coronavirus, confirmó al diario La Nación que en la Argentina también se están preparando protocolos para utilizar el plasma de personas convalecientes de Covid 19, con el objetivo de evitar los cuadros graves de la enfermedad.
Este método no debería ser demasiado complejo de implementar, según lo que sostiene Milani: “Habría que convocar a los convalecientes, a los que fueron dados de alta, ahora se puede hacer PCR para controlar que no tengan carga viral, y una vez establecido eso, extraerles sangre para después darle el plasma al que lo necesite”.
No obstante, el bioquímico de nuestro medio advierte que “no todas las virosis responden al plasma de convaleciente”, por lo que “no hay seguridad de que vaya a ser efectivo”.
Finalmente, Zubieta cree que, “ante un panorama en el que no hay un tratamiento efectivo, se debería hacer todo lo que esté al alcance, esto es algo muy simple y no puede dañar”. Y concluye: “Para esto no es preciso demasiada sofisticación, simplemente tomar el plasma de un paciente que transitó la enfermedad y se curó, y darle la dosis a quien lo necesita. Solo se requiere de la voluntad y la solidaridad de quienes hayan sufrido esta enfermedad, que quieran contribuir para ayudar a otros infectados”.